La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: -“¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!¡Viva el Altísimo!”

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: “¿Quién es éste?”

La gente que venía con él decía: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea” (Mateo 21,1-11).

Con el domingo de Ramos comienza la Semana Santa. En este domingo la Iglesia conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén para dar cumplimiento a su misterio pascual. Se celebra a la vez la alegría de ser proclamado por sus discípulos y la gente como como “quien viene en nombre del Señor”, presagio del triunfo real de Cristo; y el dolor de su muerte inminente en la cruz, que nos anticipa la lectura de la pasión, anuncio de que la salvación se realiza a través del misterio de su muerte y resurrección.

Una celebración de contrastes, que nos hace tomar conciencia a los cristianos que acoger a Jesús con júbilo en nuestra vida no nos exime de reproducir, de un modo u otro, su proceso pascual. Con su ejemplo, el Señor nos enseña, que vivir la fe es anteponer la voluntad del Padre a la nuestra. Es confiar nuestra vida en sus manos.

Para nuestra “humanidad” no es fácil acoger la voluntad de Dios cuando la realidad no se ajusta a nuestros deseos y nos sentimos frustrados, o cuando supone asumir riesgos que nos pueden complicar la vida, o cuando alguien o algo choca abiertamente contra nuestros intereses religiosos, económicos o ideológicos y nos sentimos amenazados. Es la “humanidad” que aflora en Judas tras su decisión de traicionar a Jesús, en la cobardía de Pedro que lo niega tres veces o en el miedo de los demás discípulos que lo abandonan, en el ensañamiento de los sumos sacerdotes y los ancianos por crucificarlo, en el gesto de Pilatos de lavarse las manos, aunque sepa que es inocente. En el fondo la “humanidad” que no es capaz de sufrir, de posponerse, por amor a otros seres humanos, termina crucificándolos.

La fe, como los deseos y expectativas, nuestra propia persona, han de pasar por un proceso de cruz acogiendo la voluntad de Dios y así resucitar a algo nuevo. De un modo u otro, hemos de encarnar el proceso pascual de Jesús en nuestra vida. Cargar la cruz y asumirla como voluntad de Dios implica no rehuir las decisiones difíciles que hemos de tomar como Iglesia para renovarla. Es comprender que ser cristiano no consiste en limitarse en cumplir unas prácticas sacramentales por importantes que sean, sino en llevar una vida coherente con unos valores evangélicos nada fáciles de llevar a cabo, que “duelen”. Es aceptar que convertir nuestras familias en un hogar donde el amor sea el eje entorno al cual giran nuestras relaciones, implica sacrificio. Es admitir que la vida consagrada no recuperará su valor testimonial hasta que asuma morir a formas históricas que ya no anuncian a Cristo. Es confiar que, tras la enfermedad o la muerte, hay vida eterna.

El domingo de Ramos nos invita a entrar en el proceso pascual, de muerte y resurrección, acogiendo la voluntad de Dios de la mano de Jesús. Es importante que nos preguntemos: ¿Con qué actitud interior acogemos el dolor y las dificultades en nuestra vida? ¿Los podemos vivenciar en clave pascual y anteponer la voluntad de Dios a la nuestra?